¿Qué es el Evangelio?

¿Qué es el Evangelio? ¿Cuál es el mensaje principal de la Biblia? Son preguntas que nos podemos hacer y por esto me gustaría explicarle  brevemente algunos aspectos fundamentales:

Aunque muchos no lo quieran admitir, la Biblia nos dice claramente que Dios es el CREADOR de todas las cosas, tanto del universo, del mundo, como de cada uno de nosotros. Este Dios creador se nos ha dado a conocer por medio de su Palabra y es de fundamental importancia que le conozcamos tal y como él es.  Debemos desechar cualquier otra idea que podamos tener acerca de Dios que no esté respaldada plenamente por la Biblia.

Una de las características maravillosas de Dios es que él es un Dios de AMOR. Podemos tener la completa seguridad de que Dios nos ama incondicionalmente tal como somos. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Evangelio de Juan 3, 16).  Pero hablando de Dios, no solo podemos quedarnos con esta verdad…

Las Sagradas Escrituras nos hablan también de la realidad de que él es un Dios SANTO, lo cual quiere decir que él está apartado de toda clase de mal, y por consiguiente es limpio, puro y perfecto. El profeta escribió hace muchos años: Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio…” (Habacuc 1, 13).  Además se da a conocer también como un Dios JUSTO. La Biblia afirma que un día juzgará a todos de acuerdo a su perfecta justicia. También oí a otro, que desde el altar decía: Ciertamente, Señor Dios Todopoderoso, tus juicios son verdaderos y justos. (Apocalipsis 16, 7). Dios va a juzgar todas las acciones de los hombres y nuestras malas acciones tienen que recibir la retribución justa que se merecen.

Pensemos ahora por un momento en lo que Dios, nuestro Creador, dice acerca del ser humano y de la situación espiritual de cada uno de nosotros. La Palabra de Dios no deja lugar a dudas de que todos los seres humanos entramos en este mundo con una relación rota con nuestro creador. Estamos espiritualmente muertos y en otras palabras separados de Dios. Esto lo heredamos de nuestros primeros padres que decidieron deliberadamente desobedecer a Dios, y como resultado de ello, perdieron la hasta entonces perfecta relación con él. Desde entonces todos nacemos siendo pecadores; en otras palabras, nuestra naturaleza siempre nos quiere llevar hacia el mal.“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.” (Romanos 5, 12). Es por causa de esta naturaleza que pecamos muchas veces en palabras, hechos, intenciones, pensamientos y aún omisiones. La justicia de Dios, que antes consideramos brevemente, exige un castigo correcto por todos y cada uno de nuestros pecados (malas acciones,  pensamientos incorrectos, palabras equivocadas…)  y, por si fuera poco, incluso somos responsables de todas las omisiones (cosas que no hicimos y que debíamos de haber hecho). Según las Sagradas Escrituras “la paga del pecado es la muerte” (Romanos 6, 23),  es decir, la eterna separación de Dios. Estamos separados de Dios por causa de nuestros pecados.

Sería bastante triste si este mensaje terminase aquí, pero la buena noticia (=evangelio) consiste en que Dios, impulsado por su AMOR y MISERICORDIA, ha provisto una solución – la única solución – que tiene un nombre: ¡JESÚS! A través de él podemos recuperar la relación perdida con Dios. Al venir Jesús al mundo, se dijo acerca de él: “Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” (Mateo 1, 21)   ¿De qué manera cumplió este anuncio? Lo hizo viviendo una vida absolutamente justa y muriendo luego en la cruz en sustitución por nuestros pecados. De esto se trata: Cristo murió en la cruz pagando por mis pecados y por los suyos. Ya vimos que “la paga del pecado es la muerte”, así que alguien tiene que pagar el precio por nuestros pecados, o bien nosotros mismos o en todo caso alguien que nos quiera sustituir. ¡Qué alegría saber que Jesús vino a ser nuestro sustituto! ¡Qué muestra más grande de su amor hacia nosotros, indignas criaturas! Si leemos su Palabra encontramos afirmaciones como esta: “Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios.” (1 Pedro 3, 18) e “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” (Hechos 4, 12).  Enfatizamos pues dos cosas importantes: según la Biblia la salvación no está ligada a ninguna organización, iglesia o institución, sino solo depende de nuestra relación con Jesucristo (Juan 14, 6). En segundo lugar tenemos que darnos cuenta de que de ninguna manera podemos salvarnos por nosotros mismos (por nuestro “buen comportamiento”, por hacer el bien o por no hacer mal a nadie). ¡La obra de Cristo en la cruz es perfecta, suficiente para la salvación de todos! Y esta salvación él nos la ofrece por gracia – es decir, sin que la merezcamos, gratuitamente – a todos. ¿Cómo puedo yo aplicarme a mí mismo lo que Cristo hizo por todos y cada uno de nosotros, para así beneficiarme de su sustitución? Solo y únicamente por fe – creyendo de todo corazón que lo que Dios dice y promete es cierto. Romanos 5, 1 afirma: Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo;

Por último y no por ello menos importante  –  la Biblia dice en el libro de los Hechos 17, 30: “Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan”. Esto quiere decir que debe haber un cambio en nuestra mente y nuestra voluntad. Debemos comprender y admitir todo lo que la Biblia dice acerca de nuestra situación espiritual y no escondernos detrás de una cortina de humo. Hace falta que admitamos de todo corazón que somos pecadores (Romanos 3, 23 y 3, 10) y que por ello estamos separados de Dios. Por nuestros pecados merecemos el juicio de Dios. Igualmente debemos  reconocer que de ninguna manera podemos salvarnos por  nuestros propios esfuerzos. Es por eso que Dios, conociendo nuestra condición, en su gran amor trazó su plan de salvación por medio de su hijo amado, Jesucristo.

Ahora nos toca a nosotros acercarnos a él por la fe para aceptar la salvación de una manera personal. Esto se puede hacer pidiéndoselo sinceramente y de todo corazón: “porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” (Romanos 10, 13). Le animo a que conscientemente le confiese sus pecados a Jesucristo y le pida perdón, dándole las gracias por haber pagado por su culpa en la cruz. Confíe plenamente en Cristo como su único y suficiente Salvador y entréguele su vida para que él sea su Señor.  Dios preparó todo para nuestra salvación en Cristo Jesús, pero él no llevará a nadie al cielo en contra de su voluntad. A nosotros nos toca tomar una DECISIÓN. Esto LO podemos hacer en cualquier lugar – y el mejor momento de hacerlo es ahora, si es que usted ha entendido y puede creer lo que Cristo vino a hacer por usted.

Si desea tener la seguridad de su salvación le invito a orar al Señor para entregarle su vida a él. Diríjase a él con corazón sincero, diciéndole todo lo que acaba de entender: “Señor Jesús, reconozco que soy un pecador y que por causa de mis pecados merezco la muerte. Pero te doy las gracias que tú moriste en mi lugar en la cruz, derramando tu sangre para limpiarme de todos mis pecados. Te ruego que me perdones todos mis pecados y que entres ahora en mi vida para ser mi Salvador y Señor. Enséñame a hacer tu voluntad en todos los ámbitos de mi vida. Ayúdame a comprender y permanecer en tu Palabra y mostrar por medio de mi vida que soy un hijo de Dios. Gracias por escuchar mi oración. Amén.”

Si usted hizo esta oración y entregó su vida al Señor nos encantaría saberlo.  ¡Esperamos noticias suyas!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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